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HISTORIA CONSTITUCIONAL | ||||
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SERMÓN
PRONUNCIADO EN LA IGLESIA MATRIZ DE
Laetamur de gloria vestra. (1) |
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El
carácter prominente del Universo es revelar su Autor y sus
perfecciones. A la primera ojeada se siente la presencia de
Dios, cuyos inefables atributos vienen revelándose con más
claridad, a medida que subimos desde lo bajo hasta lo alto de
la escala de los seres, hasta esa sustancia (2)
que con el pensamiento y la libertad resume admirablemente el
Universo entero, sus fenómenos y sus leyes. Pero el reflejo
Divino se presenta con una solemnidad que sorprende, cuando
consideramos la sociedad, la grande y sublime humanidad que
arrancando su existencia de abismos impenetrables, hinchiendo
continentes e islas, y depositaria de la vida, de las
tradiciones y de las ciencias, camina con todos los siglos a ese
porvenir tan fecundo en misterios y en esperanzas. Aunque unas
naciones aparezcan y se destruyan, éstas se conserven, otras
rejuvenezcan, aquéllas bamboleen
y todas se mezclen, se separen, se choquen, se dominen,
crúcense de un polo a otro polo, unas se lancen como la noche,
como la tempestad, otras como la aurora como la
fecunda lluvia, la luz ilumine las tinieblas, las tinieblas
ahoguen la luz; sin embargo, el conjunto es admirable; siéntese
una mano que contiene el principio y el fin, que encierra el
uno y el otro abismo, por un modo admirable lucen en ella la
inmensidad de Dios, su Providencia, su Justicia, su Soberanía
infinita.Dios se mece sobre los hombres, como el sol centellea
sobre los planetas. ¡Por esto es sublime la sociedad ¡Por esto
es grande! ¡Por eso se exalta, palpita nuestro corazón cuando
sentimos la vida de las naciones!.
Por esto la Religión y la Patria tienen idénticos
intereses, nacen de un mismo principio, caminan cada una por vías
peculiares a un mismo fin, y la una y la otra con sus pies en la
tierra, y asidas de
sus manos con eterno amor, campean sus cabezas en el horizonte
de lo infinito. ¿Veis
un pueblo, señores? Está encadenado a lo infinito: ha nacido y
se conserva bajo de esa condición: un individuo rompe a su
placer ese lazo sublime; pero los pueblos no, los pueblos no son
ateos, ni racionalistas, ni indiferentes; estos sistemas son
abismos donde súbitamente
desaparecieran entre el estrépito del hierro y de la
conflagración; el
individuo formula atrevidamente un pensamiento sobre las ruinas
de la verdad que puede él devastar y se conservará, merced a
la brevedad de su existencia, y a lo diminuto de su ser,
pero la vasta combinación de un pueblo se desorganizaría
en el momento de suplantar un error a la verdad, un sistema a la
tradición: en él todo es grande: verdades grandes, intereses
grandes; actividad inmensa. ¡Argentinos!
Es por esto, que al encontraros en la solemne situación de un
pueblo que se incorporá, que se pone de pie, para entrar dignamente en el gran cuadro
de las naciones, la Religión os felicita, y como ministro suyo
os vengo a saludar en el día más grande y célebre con el
doble grandor de lo pasado y de lo presente, en el día en que
se reúne la majestad del tiempo con el halago de las
esperanzas. Con
sus felicitaciones, os traigo también sus verdades. Cuando cesáis
de ser vaporosos y fugitivos, todo es grave y solemne; cuando
entráis en un camino de verdad, todas las realidades deben
concurrir y desaparecer utopías y vanas peroratas. Más feliz y
mejor avisado que los que siempre os quieren hallar en 1810, me
cabe la suerte de admiraros en el nueve de julio de mil
ochocientos cincuenta
y tres. Yo
no haré más que reflectar (3)
sobre vosotros los rayos de gloria y principalmente las
verdades que arroja este día sublime y magnífico. ¡Rey
de los siglos! ¡Tipo eterno y soberano de los pueblos! Antes
que me prosterne a los hombres, me humillo ante vos. Antes que
bendiga vuestras obras e imagen, bendigo y adoro vuestro ser
infinito e inmutable. Os invoco sobre la Nación Argentina, y
sobre mi corazón y mi lengua para que sean fieles a vuestra
verdad. Recibíd mis votos y mis plegarias por medio de María
Santísima a quien saludamos. AVE
MARÍA He
dicho, señores, que mi propósito es fundar las glorias de mi
patria en los acontecimientos que se abrazan en el 9 de julio, y
enunciar aquellas verdades que dicen relación al bien de ella:
ni seria lo que debo ser como sacerdote y como patriota, si sólo
me ocupara en perorar sobre la justicia de la independencia,
sobre el heroísmo de sus defensores, en contemplar eternamente
el sol de mayo, y lanzarme fascinado en ese idealismo poético.
Basta de palabras que no han salvado a la patria. Aplaudo,
felicito, me postro ante los héroes de la independencia; cantaré
vuestras glorias, tributo mi admiración a la nobleza de los
argentinos; pero también señalaré sus llagas, apartando los
ricos envoltorios que encubren vuestra degradación. Se trata,
señores, de edificar la República Argentina, y la Religión os
envía el don de sus verdades. Al
considerar esta República de mi eterno amor hallo que su
principio, su carácter, su gloria, su felicidad, sus
desgracias, sus bienes y sus males, todo se cifra todo se
concreta y se explica en la palabra independencia. Llamo vuestra
atención sobre este objeto, que yo así como lo acepto con el más
ardiente entusiasmo, lo califico como el origen de nuestros
males, acaso de nuestra ruina final. La
independencia de la antigua metrópoli, el sacudimiento de ese
yugo que era por desgracia el cimiento del orden y el hierro de
los tiranos, esa libertad que ha resonado en los campos de
batalla, y se ha mecido sobre las reuniones populares, que ha
sido hasta aquí el eterno y único emblema de nuestra vida
social, es preciso reconocerla como el árbol del bien y del
mal, como una aureola, pero aureola de fuego que ha secado,
calcinado la cabeza que orlaba. ¿Por qué nosotros, que ahora
cuarenta años teníamos la bondad y sencillez de un niño, con
el valor de un adulto, hemos sido por casi medio siglo la presa
de todas las pasiones políticas, el campo de todos los
partidos, un teatro vasto de guerra y de desolación? ¿Por qué
hemos mimado los tiranos que se señorearon de nosotros
provincial y nacionalmente? Entrad con toda la luz de vuestra
inteligencia en los laberintos de este problema, y no hallaréis
más causa que la independencia. Ella rompió es
verdad, el lazo que nos unía al usurpador; pero también
engendró la desunión entre nosotros; y esa sola ruptura con su
triste consecuencia fue nuestro estado normal, la ensalzamos
sobre la patria misma, sobre todo gobierno y buenas costumbres,
y nos lanzamos con el ardor de las fieras al combate del egoísmo
individual: ¡la libertad seca y descarnada como un esqueleto,
ha sido nuestro idolo, en sus aras hemos hecho hecatombes
humanas! La paz, la riqueza, el progreso y casi toda esperanza
le hemos llevado en don: el espectro lo pulverizó todo... ¡Monstruo!
¡en vano pretendo
arrancarte de mi memoria! ¡en vano quiero reemplazar tu
horrible imagen con la aparición halagueña y dulce de la
esperanza! ¡Oigo el gemido de tus víctimas! ¡el humo de la
sangre enrojece el horizonte! ¡Veo los niños, los ancianos,
las mujeres caer hacinados con los guerreros bajo tú hacha
desoladora, bajo tu espantosa podadera ¡desesperado y lleno de
coraje pretendes conservar él último altar, que no cubre el
augusto Templo de la Ley, de la noble dependencia! ¡Maldición
eterna sobre tí! ¡Que
la patria reclame sus propiedades usurpadas, que levante del
polvo su sien augusta, que posea su gobierno, sus leyes, su
nacionalidad! esto es santo, esto es sublime: y la independencia
y la libertad de un conquistador que oprimiera estos eternos e
incuestionables derechos, son justas; la Religión las ha
proclamado, las ha ungido con el óleo sagrado de su palabra, y
ha entonado himnos después de los triunfos de la patria. ¡Que
el individuo, el ciudadano no sea absorbido por la sociedad, que
ante ella se presente vestido de su dignidad y derechos
personales; que éstos queden libres de la sumisión a cualquier
autoridad!; esto es igualmente equitativo: y el carácter
prominente de los pueblos civilizados es esta noble figura, que
no ofrece el cuadro de la civilización antigua, y que nos trajo
la Religión con su doctrina, y el ejemplo de los fieles, que
inmóviles resistían el impulso tiránico de los gobiernos, de
las leyes, de las preocupaciones del mundo entero. He
aquí, señores, en esta doble independencia, la única
verdadera libertad, la que es el fundamento de las naciones y
elemento de que viven: la preciosa libertad que apenas conoce
nuestra patria, y cuya existencia está insinuada teóricamente
en dos actos, el de su sanción el año de 1816, y el
de su fórmula en 1853, nuestros padres, de pie, con la mano en
el corazón, y sus ojos en el
cielo, la juraron, y se convocaron para el día
siguiente a cumplir su juramento. ¡Dios Santo! ¡Treinta y
siete años, como treinta y siete siglos han sido ese dia! Enjuguemos
las lágrimas, y alejando nuestra vista de lo pasado,
tendámosla
por el porvenir de la gloria nacional que el
9 de julio ha creado en su doble acontecimiento. La
libertad sola, la independencia pura no ofrecían más que
choque, disolución, nada; pero cuando los pueblos, pasado el vértigo
consiguiente a una transformación inmensa, sosegada la
efervescencia de mil intereses encontrados y excitados por un
hombre de la providencia, se aúnan y levantan sobre su cabeza
el libro de la Ley, y vienen todos trayendo el don de sus
fuerzas, e inmolando una parte de sus libertades individuales,
entonces existe una creación magnífica que rebosa vida,
fuerza, gloria y prosperidad: entonces la vista se espacia hasta
las profundidades de un lejano porvenir. Tal
es el valor de la acta de nuestros padres reunidos en Tucumán,
y de su complemento, la Constitución hoy promulgada y jurada.
¡Descansen ellos rodeados de gloria! ¡Gratitud eterna al amigo
fiel de la patria! ¡Urquiza, ilustre ciudadano! ¡Tu nación te
debe la vida! ¡La
vida, señores! Porque las naciones no la tienen en la demarcación
de un territorio,
ni en un cierto número de individuos encerrados en ese espacio.
Será todo esto los primeros elementos de que se forman; pero así
como el filósofo antiguo no veía en su negro caos que contenía,
en horrible movimiento las moléculas eternas,
nada del pasmoso universo, nada de ese gran libro que encierra
todas las ciencias: del mismo modo, señores, por más que tracéis
una línea que naciendo en
el cabo del continente americano, corra sobre las nieves de
los Andes, atraviese
con el trópico, y baje con las aguas del Plata y del Océano
hasta las escarchas del Polo; por más que señaléis los puntos
poblados de este suelo querido; aunque descorráis el tiempo y
me mostréis la historia de un pueblo que
gimiendo trescientos años bajo las cadenas del
conquistador, en un día
solemne las sacudió tan reciamente que se pulverizaron en más
de mil leguas; aunque mentéis
los nombres venerandos de San Martín, de Belgrano,
todavía señores, si este pueblo no ha correspondido a sus
principios, si no
ha tenido leyes, si sus formas de gobierno son las de la
revolución, si sus miembros eran arrebatados por el
huracán del capricho y de la arbitrariedad, si ese tiempo y ese
espacio sólo brotan guerras, sangre, desolación; ¿en qué
queréis que vea una nación mi alma afligida? ¿Dónde está su
vida, si la muerte me encuentra por todas partes? ¿Dónde ese
suelo, si nuestro pie siempre se hunde? ¿Dónde los
gobiernos; que son la expresión social, si el derecho público
sancionó la revolución? Permitidme, señores, que a este propósito
consigne una anécdota de ese pueblo: en una provincia sucedió
uno de tantos trastornos, que hacían las pasiones, y consultado
el encargado de negocios nacionales sobre el particular,
respondió: que se considere justa y legitima la revolución,
siempre que la mayoría consintiera en ella. ¡Qué penuria! ¡qué
desolación! ¡Y los pueblos aplicaban sus labios ardientes a
beber esos principios! y ese era el remedio a nuestros males! ¡ah,
mi memoria me recuerda una ciudad sombría, sobre cuyas ruinas
emitía un Profeta sus trenos lúgubres. ¡Pero
llega la Constitución suspirada tantos años de los hombres
buenos; se encarna ese soplo sagrado en el cuerpo exánime de la
República Argentina! Nuestro pasado reflecta ya sobre nosotros
todas sus glorias; y lo presente abre en el porvenir un camino
anchuroso de prosperidad. A mis ojos se levanta la patria
radiante de gloria y majestad. Sin
embargo, el inmenso don de la Constitución hecho a nosotros
no sería más que el guante tirado a la arena, si no hay
en lo sucesivo inmovilidad y sumisión; inmovilidad por parte de
ella y sumisión por parte de nosotros. A
la palabra inmovilidad, que tampoco tomo en un
sentido absoluto, muchos de vosotros tal vez os alarméis; tan
vaporosa, tan libre imagináis la República, que la quisierais
siempre desfilando, que fuera siempre una aurora boreal, varia,
inconstante, fugitiva; pero reflexionad, señores, que no hay
variedad sin inmovilidad, como no hay fenómeno sin substancia.
¿Acaso la tierra se engalanaría de las bellezas de la
primavera, de la vegetación del verano; surcarían su faz
majestuosos ríos, y se ostentara tan grande en sus mares,
continentes, e islas, si toda esa magnificencia no basara sobre
el inmóvil granito? ¿Seríais vosotros mismos capaces de
progresar, habría en vosotros el placer de la variedad y os
pertenecería toda la riqueza de vuestro ser, si no hubiera algo
estable y permanente que reúna en torno suyo el Universo
entero y lo explote? La
vida y conservación del pueblo
argentino dependen de que su Constitución sea fija; que no ceda
al empuje de los hombres; que sea una ancla pesadísima a que
esté asida esta nave, que ha tropezado en todos los escollos,
que se ha
estrellado en todas las costas,
y que todos los vientos y todas las corrientes la han
lanzado. Renunciamos con justicia a nuestra primera metrópoli;
descabezamos después la República, y todos los pueblos se
precipitan a apoderarse de la presa; conquistamos la soberanía
nacional, después la soberanía provincial; y si no es la
debilidad de nuestras campañas, habríanse erigido en nuestro
suelo desierto cien estados soberanos; destruimos la monarquía,
fuimos republicanos, ora unitarios, ora federales; reacción,
anarquía, gobierno de un año, de dos años; triunvirato;
dictaduras, oligarquías ....... ¿ Válgame Dios?, ¡astro
apagado que sale de su órbita y lo traspasa todo; tan pronto se
lanza en abismos de obscuridad y de hielo, como cae en los
incendios voraces de una estrella! Como los pueblos hemos ido
los individuos reclamando soberanía para nuestro yo, ¡y ved
aquí que cada uno se hace enemigo de todos! Sobre estas
quimeras con melena de león y fuerzas de un insecto, se
precipita una fiera y nos recoge a todos bajo sus garras. Ahora
bien, señores; esto que es nuestra historia; ¿de dónde nace?
¿acaso falta en nosotros algún elemento de orden y vida
social? los Individuos que integramos la República, o el suelo
donde vivimos, ¿tienen algún obstáculo para elevarse a nación
compacta y subsistente? ¿faltan ideas, principios, fuerza? nada
falta, señores, sobra: y sus mismos choques y lo espantoso de
sus trastornos lo demuestran. ¿Cómo nos agitaríamos
horriblemente si no hubiera vida y pujante energía? ¿Cómo
hubiera sido tan ardoroso el voto por la Constitución, si no
hubiese honor y principios? Luego, para explotar todo esto
socialmente, no necesitamos ninguna importación, sino contener
y ordenar las fuerzas, trazar alrededor de los pueblos, como
de los individuos, una línea insalvable: si la ley cede un
punto a nuestros embates, si no es un baluarte innoble,
la sociedad pierde terreno, el
interés individual adelanta, y ya sabéis que ensanchándose
hasta cierto grado, entramos en nuestra primera liza, ya es
nuestro campo de anarquía y de sangre. Me
diréis: nosotros queremos progreso, libertad, porvenir; y lo
inmóvil es inerte, lo inmóvil no vive. Pero, señores, los
principios no progresan y la ley en el orden social es como el
axioma en el orden científico: la ley es el resorte del
progreso, y los medios no deben confundirse con los fines. ¡Libertad!
No hay más libertad que la que existe según la ley: ¿queréis
libertad para el desorden? ¿La buscáis para los vicios, para
la anarquía? ¡Maldigo esa libertad! Somos
soberanos, me replicaréis; esa ley no es más que el capital de
una compañía: nosotros, socios, disolveremos a placer nuestro
los convenios, los pactos, fijaremos otra base. Hubo en el siglo
pasado la ocurrencia de constituir radical y exclusivamente la
soberanía en el pueblo: lo proclamaron, lo dijeron a gritos: el
pueblo lo entendió; venid, se dijo entonces recuperemos
nuestros derechos usurpados ¿Con qué autoridad mandan los
gobiernos a sus soberanos? y destruyeron toda autoridad. ¡Subieron
los verdugos al gobierno: vino el pueblo y los llevó al
cadalso, y el trono de la ley fue el patíbulo... La Francia se
empapó en sangre: cayó palpitante, moribunda... ¡Fanáticos!
he ahí el resultado de vuestras teorías. Yo no niego que el
derecho público de la sociedad moderna fija en el
pueblo la soberanía: pero la Religión me enseña, que es la
soberanía de intereses, no la soberanía de autoridad; por éste
o por aquel otro medio toda la autoridad viene de Dios:”Omnis
potestas a Deo ordinara est (4) y si no es
Dios la razón de nuestros deberes no existen ninguno. No
rechazo modificaciones en las leyes por sus órganos
competentes: los tiempos, las circunstancias, el interés común
tal vez lo reclaman; pero si es para ensanchar la órbita de
nuestra libertad, por contemporizar intereses
particulares
cualesquiera, fácil es prever la eterna dominación de dos
monstruos en nuestro suelo: anarquía y despotismo. Aun
más necesaria es a la vida de la República la sumisión a la
ley, una sumisión pronta y universal, sumisión que abrace
desde este momento nuestra vida. Sumisión
pronta. La acción de la carta constitucional es vastísima y se
halla en oposición casi a toda la actualidad de la República;
es una savia que tiene que penetrar enmarañadas y multiplicadas
fibras, que necesita mucho tiempo para vivificar totalmente el
sistema: ella es una inmensa máquina, cuyos últimos resultados
presuponen innumerables combinaciones; y grande y pesada como
es, y compuesta en vez de ruedas, de voluntades,
necesita cooperación universal, simultánea y armónica: un
momento después de su promulgación importa su ruina, como un
momento que no viva el hombre el instante siguiente
es resurrección, milagro. Este
día me parece semejante al día memorable de los israelitas
cuando, después de setenta años de cautividad, saludaban por
primera vez su patria desierta, cubierta de ruinas y rodeada de
enemigos: postrados bañaron de lágrimas su querido suelo, y
levantándose se apresuraron a edificar sus hogares, alzar el
Templo y defender con altas murallas el sagrado recinto de la
ciudad :el sol nacía y se ponía sobre patriotas que con una
mano trabajaban, y con la otra se defendían de sus enemigos. ¡República
Argentina! ¡Noble patria! ¡cuarenta y tres años has gemido en
el destierro; ¡medio siglo te ha dominado tu eterno enemigo en
sus dos fases de anarquía y despotismo! ¡qué de ruinas, qué
de escombros ocupan tu sagrado suelo! ¡Todos tus hijos te
consagramos nuestros sudores, y nuestras manos no descansarán,
hasta que te veamos en posesión de tus derechos, rebosando
orden, vida y prosperidad! Regaremos, cultivaremos el árbol
sagrado, hasta su entero desarrollo; y entonces, sentados a su
sombra, comeremos sus frutos. Los hombres, las cosas, el tiempo,
todo es de la patria. Sumisión
universal, que abrace todos los puntos de la ley sin exceptuar
ninguno. No hay un hombre, que no tenga que hacer el sacrificio
de algún interés; y si cada uno adopta la Constitución
eliminando el articulo que está en oposición a su fortuna, a
su opinión o a cualquiera otro interés, ¿ pensáis que quedaría
uno solo? ¿quedaría fuerza ninguna, si cada uno retira la
suya? ¿quedaría en la Carta constitucional la idea de soberanía
que supone, si cada individuo, hombre o pueblo fuese árbitro
sobre un punto cualquiera que sea? ¿Y
la
Religión? me diréis; ¿y la conciencia? ¿Cómo entregaremos a
lo temporal lo que es eterno? ¿Cómo hemos de obedecer a los
hombres primeramente que a Dios? Sosegaos, católicos. Yo
confieso, señores que sería para nosotros, de indecible
satisfacción, si la Religión, tal cual es en la Confederación
Argentina, hubiera sido considerada con los respetos que merece.
Si sólo las doradas bóvedas del catolicismo cubrían
nuestro horizonte y hacían el eco sonoro del culto; ¿por
qué le nubla? ¿Por qué, cuando resuena el canto de nuestros
himnos, ha de resonar a nuestras puertas el furibundo eco de la
blasfemia? ¿Por qué ha de presentarse al pueblo, que carece de
discernimiento, como un problema nuestra augusta y
eterna Religión? ¿Cómo señores, se entregan nuestras masas a
todo viento de doctrina? ¿Por qué la generación presente no
ha de tener exclusivamente el derecho de iniciar a la generación
que viene, en sus principios, en. sus creencias, en sus
dogmas; enseñanza sublime que liga a lo pasado con lo
venidero y que concreta en un punto todos los siglos? ¡Ah! ¡Yo
junté mi corazón con el vuestro para
lanzar esos
gemidos, y con vosotros estrecho en mis brazos mi Religión,
la religión de padres! ¡La Religión de caridad,
de mansedumbre, de castidad de todas las virtudes! ¡La Religión
que cortejan todos los siglos y las más evidentes
demostraciones!; ¡que nos buscó en nuestros desiertos y
nos trajo la civilización! y
a nombre de esta Religión
sublime y eterna, os digo, católicos: obedeced,
someteos, dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.(5).El poder civil protegía la
Religión, impedía la enseñanza del error, alejaba con su
vibrante espada al incircunciso profanador .... ¿Niega ahora su
decidida protección, deja al descubierto las avenidas del
error, guarda su espada? Dejadle, someteos:” Omnis anima
subdita sit sublimioribus potestatibus, non solum propter iram,
sed etiam propter conscientiam”.(6)!Roma era pagana, era
cruel: mataba a los cristianos sin mas delito que ser discípulos
de Jesús!.. Y con todo eso el Apóstol San Pablo decía:
“!Civis Romanus sum ego!”(7) !Y los cristianos eran los
soldados más valientes, más fieles al imperio!, los cristianos
obedecían, respetaban y defendían las leyes de esa patria; y
su corazón eternamente ligado con Dios , era un perpetuo
juramento de cumplir esos deberes. La Religión quiere
que obedezcáis, jamás ha explotado a favor suyo ni la
rebelión ni la anarquía, cuando
la arrojaban de la faz de la tierra, se entraba
silenciosa en lóbregas cavernas, en las oscuras catacumbas; y
allí era más sublime, que cuando los reyes
la cubren con su manto de púrpura. Obedeced
, señores, sin sumisión no hay ley, sin leyes no hay patria,
no hay verdadera libertad: existen sólo pasiones, desorden,
anarquía, disolución,
guerra y males de que Dios libre eternamente
a la República Argentina: y concediéndonos vivir en
paz, y en orden sobre la tierra, nos de a todos
gozar en el Cielo de la Bienaventuranza en el Padre, en
el Hijo y en el Espíritu Santo, por quien
y para quien viven todas las cosas. AMEN NOTAS: 3-
Reflectar:
latinismo por reflejar 4-
“Omnis
potestas nisi a Deo”: no hay autoridad que no
provenga de Dios. (San Pablo, ad.Rom. XIII, v.pág 22 5-
Dad
al César...(Evang. Según San Mateo XXII,21) 6-
“Toda
persona está sujeta a las autoridades superiores... no sólo
por temor del castigo, sino también
por obligación de conciencia”( San Pablo, ad.
Rom XIII, 1-5) 7-
“Civis
Romanus sum ego”: Yo soy ciudadano romano (Hechos de los Apóstoles;
XXII-27)
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