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A
PROPÓSITO DE LA VENTA DEL TANGO 01
EL PRESIDENTE ES ¿SEDENTARIO O NÓMADE?
JORGE
HORACIO GENTILE(*)
Más
allá de la imagen de prodigalidad o austeridad que el
presidente de la Nación luzca,
por tener a disposición un avión como el Tango 01,
debemos debatir antes lo que propone el título de esta nota,
para saber realmente cuales son las necesidades que el primer
magistrado tiene cuando se traslada.
El artículo 3º de la Constitución, aprobada en 1853,
capitalizaba la ciudad de Buenos Aires y establecía allí la
residencia de las autoridades federales, el convencional Martín
Zapata dijo que el mismo importaba “toda la Constitución” y
que suprimirlo era “matarla en su cuna” ya que “allí está
nuestra profunda llaga política”, con lo que se quería
terminar con un conflicto histórico entre el lugar de
residencia de las autoridades de la Nación y la competencia que
las provincias tenían sobre el mismo. Detrás de esta discución,
que no terminó allí, estaba también el interrogante entre el sedentarismo
o el nomadismo
de quienes ejercen el Poder Ejecutivo, ya que el Congreso y el
Poder Judicial, por la propia complejidad y número de miembros
de sus estructuras, necesitan de un lugar estable donde
deliberar y tomar decisiones.
Las atribuciones que la Constitución le concede al
presidente, están pensadas para ser ejercidas desde la Capital
Federal, especialmente por la necesidad de que sus decretos u
actos sean refrendado y legalizados por sus ministros (Art. 100
incs.8, 12 y 13, 102), aunque alguna no deba ejercerla sentado
en el sillón de Rivadavia -como cuando hace -antes las cámaras
reunidas en Asamblea- “la apertura la sesiones del Congreso” (art. 99,8 C.N.)-,
salvo cuando se trata de la conclusión y firma de tratados,
concordatos con organizaciones internacionales y nacionales
extranjeras (art. 99,11) –que se supone puede hacerla dentro o
fuera del país- y cuando concede empleos y grados de oficiales
superiores de las Fuerza Armadas “por sí solo en el campo
de batalla”
(art. 99,13).
Hoy tecnológicamente no es impensable que un decreto
firmado por el Presidente en Olivos, Catamarca o El Cairo –en
este supuesto luego que se reforme la Constitución- pueda ser
refrendado y legalizado por un ministro desde su despacho,
ya que de hecho actualmente el mismo no siempre se hace
después que lo firma el presidente ni ante su presencia.
EL
PRESIDENTE FUERA DEL PAIS ¿LO ES REALMENTE?
Para “ausentarse del territorio de la Nación” (antes
de la reforma de 1994 era para salir de la Capital) necesita
permiso del Congreso –que todos los años se lo dá en forma
genérica por un plazo determinado (v.gr.: 3 meses) para que lo
use discrecionalmente- y en receso de éste sólo puede hacerlo
“por razones justificadas de servicio público” (Art.
99,18). Al salir del país asume mediante un acta el
vicepresidente, o quien le sigue en orden de sucesión si
corresponde, sin prestar nuevo juramento (que sólo lo presta al
reemplazarlo definitivamente). Esto es un engorro para el primer
mandatario, ya que para ir a Montevideo necesita delegar el
mando, y no debe hacelo cuando va a la Base Marambio de la Antártida
o a Orán en Salta, a pesar que las distancias con su despacho
sean mucho mayores, simplemente porque es fuera de la frontera.
Si hace una visita de
estado, luego de delegar el mando, a otro país, debe
presentarse ante el primer mandatario anfitrión como ¿presidente
en ejercicio o en uso de licencia?. En ese momento, el
presidente ¿es él o su reemplazante?. Si firma un acuerdo ¿lo
hace como presidente o delegado de su subrogante?. Si un
ministro, que lo acompaña en la gira u otro que se quedó en el
país, debe tomar una decisión trascendente, ¿debe consultársela
a él, a su reemplazante o a ambos?.
El
derecho internacional consuetudinario considera que los jefes de
estado cuando están en otro país gozan de las inmunidades y la
extraterritorialidad, que tienen los diplomáticos que lo
representan, y la Convención de Viena sobre los Tratados los
autoriza a firmarlos (art.7). El pre- sidente fuera del país,
aunque delegue el mando, sigue siéndolo, y el vicepresidente,
es un su- plente, que decide sólo lo doméstico y urgente. Sería
imprudente, por ejemplo, que decrete una devaluación de la
moneda, declare la guerra o indulte (como hizo alguna vez
Eduardo Duhalde en ausencia de Carlos Saúl Menem).
Cuando está en el país reside en Olivos, fuera de la
Capital, donde no sólo vive con su familia, sino que trabaja
con mayor comodidad que en la Casa Rosada, donde ahora ni
siquiera tienen oficinas los ministros, salvo el de Interior, y
a quienes les molesta trasladarse a Olivos. Esta comodidad hacía
que el presidente Raúl Ricardo Alfonsín despachara sólo
martes y jueves desde Balcarse 50, y el resto del tiempo lo hacía
desde la Quinta.
La tarea presidencial no es sólo reunirse con los
ministros, con el gabinete, designar funcionarios o recibir
embajadores, sino que es comunicarse con la gente, con las
instituciones, sociedades intermedias y con quienes tienen poder
dentro o fuera del país. Los decretos que firma, las
intrucciones -orales o escritas- que imparte, las posiciones que
fija, las polémicas que entabla y hasta los discursos que
pronuncia son insuficientes.
Para gobernar hace falta presencia, gestos, actitudes y
la palabra justa, en el lugar adecuado y en el momento oportuno.
Tampoco alcanzan los discursos en el Congreso o desde el balcón
o por los medios, ni las conferencias de prensa. Desde que es
candidato hace giras y caravanas por todo el país, le dá la
mano o un abrazo a los que se le acercan. Si las circunstancias
lo obligan se saca la corbata, se pone un poncho, monta a
caballo, juega al futbol, besa a un niño o visita a un enfermo.
Habla, por teléfono o personalmente, con los gobernadores, los
presidentes de otros países o directivos de organismo
internacionales. Visita o recibe al Papa, a Bill Clinton, o al
presidente de Senegal, habla en la Asamblea de las Naciones
Unidas o en Davos, Suiza, trata de convencer a inversores
extranjeros para que vengan o a los jovenes para que no se vayan
del país.
PRESIDENTES
AUSENTES
Los frecuentes desplazamientos del presidente no son de hoy. Cuenta Beatriz Bosch que Juan José de Urquiza, el primer presidente constitucional, delegó el mando en su vicepresidente Salvador María del Carril –en Paraná que era entonces la capital por la secesión de Buenos Aires- durante 24 meses y 20 días, o sea el 35% de los 6 años de su mandato, mientras Urquiza pasó gran parte de ese tiempo en su residencia de San José. El presidente Alfonsín hizo 41 viajes a 64 países, lo que le insumió 192 días, el 10 % de su mandato. Menem en su primer período estuvo 307 días, el 14% del mismo fuera del país, e hizo 82 viajes por 107 países; en su segunda presidencia (hasta el 22 de julio de 1998) visitó 16 países, en 7 viajes, lo que le insumió 148 días, el 13% de ese tiempo (Molinelli, Palanza y Sin en “Congreso, Presidencia y Justicia en Argentina”).
Recuerdo
cuando fui diputado que el presidente de U.S.A. George Bush
visitó Buenos Aires sin delegar el mando en su vicepresidente y
el avión presidencial hacía las veces de la Casa Blanca. Si
tenía que decidir algo, que comprometía a su país o la
seguridad del planeta, lo hacía desde las oficinas del mismo,
que estaban equipada para ello.
Aplaudo la austeridad del presidente Fernando de la Rúa
al viajar en vuelos de líneas comerciales, pero confieso que no
me hubiera gustado ser pasajero de los mismos, no sólo por las
molestias que causan los dispositivos de seguridad, sino porque
cualquier emergencia podría haber obligado un aterrizaje o
regreso imprevisto, que hubiera cambiado el itinerario o el
tiempo del vuelo.
Al concretar la venta del Tango 01 no sólo debe pensarse
en su precio, en la megaloma- nía o las comitivas numerosas que
acompañaban al presidente Menem, sino también en que el primer
mandarario, de un régimen presidencialista, es un líder único,
de difícil reemplazo, en cualquier lugar de la tierra en que se
encuentre; y que el nomadismo
de sus funciones lo obliga a rápidos desplazamiento y a tener
una fluída comunicación para cumplir mejor su cometido.
Córdoba,
julio de 2000.
(*)
Es profesor de Derecho Constitucional de las Universidades
Nacional y Católica de Córdoba y fue diputado de la Nación.
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