Para qué
jurar al asumir un cargo
Jorge
Horacio Gentile *
El juramento de los funcionarios, de los
distintos poderes del Estado – en la Nación, en las
provincias y en los municipios-, cuando se hacen cargo de
sus funciones parece haber perdido el sentido que la
Constitución y las normas complementarias le confieren, si
tenemos en cuenta los cuestionamientos que merecen, muchas
veces, quienes están encargado de tomarlo -como acaba de
ocurrir con el vicepresidente Julio Cobos-; porque quienes
lo prestan, en algunas oportunidades, les agregan
expresiones que nada tienen que ver con la fórmula
establecida, o porque quienes asisten a estos actos hacen
manifestaciones a favor o en contra de los protagonistas de
éstas ceremonias que no se compadecen con el respeto que
merecen los mismos. Las agresivas expresiones de la barra en
el momento que juraba la diputada Victoria Donda, motivadas
por su provocativa vestimenta, relegaron a un segundo plano
la promesa que solemnemente hacía junto a otros
legisladores.
Parecería que poco importa, en estos
lamentables casos, que se invoque a Dios, a las creencias
religiosas, a los libros sagrados, o a la Patria; como,
tampoco, que se declare el compromiso de “desempeñar con
lealtad o patriotismo el cargo (…) y observar y hacer
observar fielmente la Constitución” (Art.93 de la CN).
Invocar el nombre de lideres o consignas políticas o
sectoriales, al momento de jurar, le resta sentido al
solemne compromiso que se asume, especialmente en lo que se
refiere a prometer ser fiel a la Ley Fundamental que
contiene los valores y principios de los que ni los
gobernantes ni los ciudadanos deben nunca apartarse.
Hace algunos centenares de años, en ocasión
de la entronización del joven Salomón, para reemplazar,
nada menos, que al rey David, se le apareció Jehová (Dios)
en un sueño y le concedió la gracia de hacerle una petición
y, en respuesta de ello, el nuevo rey no le solicitó ni
éxito, ni larga vida, ni la eliminación de sus enemigos,
sino le rogó que le conceda “un corazón dócil, para que
sepa juzgar a su pueblo y distinguir entre el bien y el
mal”. Este acontecimiento, relatado en el libro de los
Reyes de la Biblia, fue recordado por el Papa Benedicto XVI,
el 22 de septiembre pasado, a los integrantes del Parlamento
de Alemania Federal, el de su patria, y exhortó a los
políticos para que se comprometan con la búsqueda de la
justicia, la paz y el bien común, y no con su éxito personal
o partidario, con su reelección o con su mejor
posicionamiento social o económico.
Y, para reafirmar que el éxito debe estar
subordinado al criterio de justicia, y a la voluntad de
aplicar el derecho, proclamó con énfasis: “Quita el
derecho y entonces, ¿que distingue el Estado de una gran
banda de bandidos?”
La Constitución, cuando habla del juramento
de los jueces de la Corte Suprema, parecería remontarse a la
vieja petición del rey Salomón, al afirma que deben prestar
juramento de “desempeñar sus obligaciones, administrando
justicia bien y legalmente, y de conformidad a lo que
prescribe la Constitución” (Art. 112). No alcanza sólo
con ajustarse a la ley, hay que fallar “bien” para ser
justo.
El distinguir el bien del mal, lo justo de
lo injusto, lo verdadero de lo falso, parece ser el mejor
criterio, que el dócil corazón de los que nos legislan,
gobiernan y juzgan deben tener, desde el día que juran
desempeñar su cargo con patriotismo y observando y haciendo
observar lo que la Constitución y las leyes prescriben.
Córdoba, Diciembre de
2011.
* Es profesor emérito de la UNC y
catedrático de Derecho Constitución de la UCC, fue diputado
de la Nación.