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EL
OLVIDO DE LA FRATERNIDAD
JORGE
HORACIO GENTILE (*)
Los
dolorosos sucesos de Neuquén, con la muerte del docente Carlos
Fuentealba, sumado a los piquetes, protestas y demás conflictos
políticos violentos, que han desbordado, en los últimos tiempo,
el marco institucional argentino, nos obligan a reflexionar acerca
de ello y de la ausencia del olvidado principio de la
fraternidad, que no alcanza a ser sustituido por la tan mentada
solidaridad, y que nos debería acercar al concepto de amistad,
considerada por Aristóteles como esencial en la vida de
convivencia, y de amor de caridad que nos acercó el mensaje
cristiano.
La
palabra Fraternidad no figura en la Constitución Argentina de
1853, ni en sus reformas, a pesar que integró, junto con la
Libertad e Igualdad, el lema de la Revolución Francesa. Casi un
siglo después, la Declaración Universal de los Derecho Humanos
de las Naciones Unidas, declarada en 1994 de jerarquía
constitucional (art. 75, 22), expresó que: “Todos los seres
humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados
como están de razón y conciencia, deben comportarse
fraternalmente los unos con los otros.” (art. 1) Agregando, que
la educación “(...)favorecerá la comprensión, la tolerancia y
la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o
religiosos(...)” (art. 26, 2).
Si
las sociedades políticas organizan constitucionalmente sus
democracias con el propósito de servir a la persona humana y
respetar su dignidad debemos decir con Jacques Maritain, que:
“siendo el bien común temporal un bien común de personas
humanas, por ello mismo, cada una, subordinándose a la obra
común, se subordina a la realización de la vida personal de las otras, de las otras personas.
Pero esta solución no puede adquirir un valor práctico y
existencial más que en una ciudad en donde la verdadera
naturaleza de la obra común sea reconocida, reconociendo al mismo
tiempo, como Aristóteles lo había previsto, el valor y la
importancia política de la amistad fraterna.
El
affectio societatis que
liga a los hombres en la vida política le hizo, además, decir a
Maritain: “Y la conciencia profana ha comprendido que en el
orden temporal, social y político, no sólo la amistad cívica,
como los antiguos filósofos lo habían reconocido, el alma y el vínculo
constitutivo de la comunidad social –si la justicia es
esencialmente exigida de antemano, es como una condición
necesaria que hace posible la amistad-, sino que esta amistad cívica
no puede prevalecer de hecho en el interior del grupo social si un
amor más fuerte y más universal, el amor fraternal, no entra en
ella, y si, volviéndose fraternidad, no cruza los límites del
grupo social para extenderse a todo el género humano.”
Arturo
Ponsati consideró que “Son tres las condiciones constitutivas
de la dimensión política del hombre: la relación del mando y de
la obediencia, de cuya interacción nace el orden; la relación
entre lo privado y lo público, de la cual emerge la opinión; y
la dialéctica amigo-enemigo, que engendra la lucha. La pareja
mando-obediencia condiciona la formación de la unidad política;
la de privado-público, determina la forma de organización o sea
el régimen político de la sociedad; y el binomio amigo-enemigo,
su conservación.”
La
relación amo-esclavo que parece primar de nuevo hoy en el
conflicto político, al menos desde una visión hegeliana
–inpiradora de los totalitarismos de derecha y de izquierda-, no
puede agotar el modus
vivendi de la misma, ya que ello nos lleva inevitablemente a
la anulación o eliminación del otro o a consignas absurdas, como
las que hemos visto últimamente, que proclamaban “ni olvido ni
perdón”. Sí, por el contrario, partimos de la premisa que el
hombre es una naturaleza caída, pero capaz de redención, podemos
concluir que el amor fraternal; aunque no sea el único lazo que
fundamenta la unidad social, atento los intereses y pasiones que
constituyen la trama societaria, y los odios y amores que se
desarrollan en la misma; será uno de los factores que inspirarán
la reconstrucción de las instituciones, las estructuras, las
constituciones, las leyes, y las prácticas sociales. Quizás la
relación amorosa y fecunda entre hombre-mujer, donde tampoco deja
de haber conflictos, sea una expresión que se ajuste mejor, que
la parábola del amo y del esclavo, a la realidad social que
aspiramos, ya que las diferencia y choques entre ambos no deben
concluir con la dominación, el sometimiento o la muerte, sino en
el respeto de ambas personas y donde el amor sea capaz de
engendrar un nuevo destino humano.
Ponsati,
al respecto, dijo que: “La relación fraterna que se produce
“strictu sensu” en la familia y “lato sensu”, como
“amistad cívica”, en la sociedad, engendra confianza y
actitudes de cooperación, a través del sentimiento de una
pertenencia común: lleva, pues, consigo, una capacidad de
reconciliación y de unidad que puede atravesar toda la vida
social, no de una manera blanda
y resignada, sino con un fuego vivo que abrasa y se expande. De
allí que sea posible responder afirmativamente a la pregunta
sobre si es posible la fraternidad en una sociedad desgarrada por
la lucha; a pesar de ella la sociedad no es reductible a la sola
lucha. No es pensable la relación social sin alguna capacidad de
olvido, pues lo contrario significaría una guerra ininterrumpida,
la relación social reducida al conflicto, la sociedad convertida
en secuela de la violencia y la servidumbre. Pero el perdón no
solo es posible, sino que, de hecho, tiene lugar, aún cuando las
ideologías del odio no lo admiten. Cuando ha habido heridas
profundas, solo el perdón reconstituye la mínima cuota de
confianza y de esperanza necesarias para sobrellevar la vida en
común. Y el perdón requiere, por cierto, la mediación, y, a su
vez, esta necesita de quienes estén dispuestos a ejercerla.”
Sin
resignar a la necesidad de hacer justicia, la respuesta, de
quienes queremos una sociedad libre, a la violencia política y a
este inexplicable olvido del principio de fraternidad, debe partir
desde la tolerancia y la cooperación, escalar los peldaños de la
solidaridad, la fraternidad y la amistad cívica, para llegar, si
es posible -por que no-, al de la caridad, viendo en el rostro del
otro, aunque sea mi contrincante, el del mismo Dios.
Córdoba,
abril de 2007.
(*)
Es profesor de Derecho Constitucional de las universidades
Nacional y Católica de Córdoba.