LA
BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD
JORGE HORACIO GENTILE (*)
En la
vida de los argentinos hay una insatisfacción, un
desasociego, algo que nos no permite sentirnos bien a pesar de
nuestros logros más significativos, como son: el regreso a la
democracia y al Estado de Derecho; el haber hecho justicia con
quienes atentaron contra los derechos humanos; el haber
superado varias crisis, como la del año 2001, sin recurrir a
los militares; el haber conseguido un crecimiento record de
nuestra economía, el mejoramiento del empleo y la reducción
de la pobreza; o el tener, con frecuencia, compatriotas que se
destacan en las ciencias, las artes o el deporte. Los diagnósticos
que indagan sobre sus causas son muy variados y las culpas de
nuestros males, generalmente, recaen sobre los políticos. ¿Por
qué, entonces, esto es así?
Creo
que los políticos tenemos algo que ver con este malestar, no
solamente por nuestros defectos –que no son pocos-, sino que
preocupados por el “bienestar general”, que nos impone
atender el preámbulo de nuestra Constitución, nos hemos
olvidado de la felicidad de nuestro pueblo -algo que; ni
nuestra Constitución, ni las leyes, ni los gobiernos parecen
preocuparles demasiado- probablemente porque se piense que el
bien común es el fin de nuestro quehacer público y que la
felicidad es algo que debe buscar cada persona por su cuenta.
Esto
no es en todas partes así, por caso entre las “verdades
evidentes” que sostiene
la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos están
los “derechos
inalienables, que entre estos se encuentran la vida, la
libertad y la búsqueda
de la felicidad”, frase esta última, que sirvió, no
hace mucho tiempo, de título a un film norteamericano (The
Pursuit of Happyness dirigida
por Gabriele Muccino)que mostraba las peripecias de un
afroamericano (Will Smith)
en su búsqueda, dentro de una sociedad que admira al que se
hace rico y alcanza lo que se propone (el llamado “sueño
americano”), como finalmente logra el protagonista de la película.
Pero
estos análisis ya lo hacía en la antigüedad Aristóteles
cuando en La Política
proponía una “república perfecta” en el que un “gobierno por excelencia” debía procurar a los ciudadanos
sometidos a él “el
goce de la más perfecta felicidad”.
El
filósofo griego decía que entre “Los
bienes que el hombre puede gozar se dividen en tres clases:
bienes que están fuera de su persona, bienes del cuerpo y
bienes del alma; consistiendo la felicidad en la reunión de
todos ellos. No hay nadie que pueda considerar feliz a un
hombre que carezca de prudencia, justicia, fortaleza y
templanza,(...) que la felicidad está siempre en proporción
de la virtud y de la prudencia, y de la sumisión a las leyes
de éstas, y ponernos aquí por testigo de nuestras palabras a
Dios ,cuya felicidad suprema no depende de los bienes
exteriores, sino que reside por entero en él mismo y en la
esencia de su propia naturaleza. Además ,la diferencia entre
la felicidad y la fortuna consiste necesariamente en que las
circunstancias fortuitas y el azar puedan procurarnos los
bienes que son exteriores al alma, mientras que el hombre no
es justo ni prudente por casualidad o por efecto del azar.
Como consecuencia de este principio y por las mismas razones,
resulta que el Estado más perfecto es el mismo tiempo el más
dichoso y el más próspero.”
La
felicidad respecto del Estado, para el estagirista, está
constituida por elementos idénticos o diverso que la de los
individuos. Para los que creen que la felicidad es obtener
riqueza el estado será dichoso si es rico; si la aspiración
es el poder tiránico el estado dichoso será el que logre la
más vasta dominación; si para el hombre la felicidad plena
es la virtud el estado virtuoso será el más afortunado. Por
lo tanto “el Estado más
perfecto es evidentemente aquel en que cada ciudadano, sea el
que sea, puede, merced a las leyes, practicar lo mejor posible
la virtud y asegurar mejor su felicidad”
De
esta reflexión nos cabe concluir para nuestro querido país
que felicidad y virtud son palabras de escaso uso en el
lenguaje de la política y que si no las expresamos y la
incorporamos a nuestro género de vida nunca conseguiremos
erradicar la desilusión y la desesperanza de nuestro pueblo,
lo que significa que la felicidad, en estas tierras, no será
fácil de alcanzar. Sin moderar nuestros apetitos, placeres y
pasiones por el poder y la riqueza (templanza); sin fuerza ni
vigor para sobreponernos a las dificultades o proponernos
metas que no siempre son fácil alcanzar (fortaleza); sin
cordura, sensatez y buen juicio de quienes votan, participan
en la vida pública y gobiernan (prudencia); o si no le damos
a cada uno lo suyo (justicia), será muy difícil ser felices
y hacer feliz a un pueblo por más poderes o superpoderes que
se acumulen, y por más crecimiento a tasas chinas que hayamos
alcanzado en nuestra economía.
Córdoba, octubre de 2007.
(*)
Es profesor de Derecho Constitucional de las Universidades
Nacional y Católica de Córdoba y fue diputado de la Nación.